
La visita es imprescindible en nombre de la memoria, aunque las obras urbanísticas de principios de siglo en los alrededores del puerto y los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, entre 1943 y 1944, destruyeron la mayor parte del centro de la ciudad, como el barrio judío de Livorno, en particular la Gran Sinagoga.
En ninguna ciudad italiana los judíos desempeñaron un papel semejante, ni nunca se les obligó a vivir en un gueto. Fueron los verdaderos fundadores de la ciudad y los artífices de su esplendor, llamados por el gran duque de Toscana, quien, con el edicto de la Livornina del 10 de junio de 1593, les garantizaba, por veinticinco años renovables, la libertad de comercio, el derecho a establecerse donde quisieran sin llevar los signos de la infamia como los demás judíos del ducado. Podían tener sirvientes cristianos, desplazarse en carruaje, etc. Mejor aún, Fernando I les ofrecía su protección contra la Inquisición: «Deseamos que, durante dicho período, no se pronuncie contra vosotros ni vuestras familias ninguna investigación, inspección, denuncia o acusación, aunque en el pasado hayan vivido fuera de nuestros dominios como cristianas o denominadas como tales».

Por lo tanto, los marranos eran, como es lógico, muy numerosos en la ciudad. Esta pequeña localidad, situada en una costa asolada por las fiebres, se convirtió en pocos años en un puerto floreciente donde la comunidad judía desempeñaba un papel de primer orden. El español era su lengua oficial, el judeoespañol su lengua cotidiana, utilizada, por cierto, por todos los expulsados de España, tanto en Salónica como en los demás puertos del Levante. Luego, poco a poco, los judíos de Livorno crearon un nuevo dialecto que los más mayores aún hablan, el bagitto, mezcla de español, hebreo y dialecto local.
La comunidad de Livorno alcanzó su apogeo en los siglos XVII y XVIII. Su declive comenzó con la llegada de las tropas de Bonaparte, a pesar de que este se mostraba favorable hacia los demás judíos de la península. El bloqueo perjudicaba al puerto. Con la unificación italiana y la emancipación, los judíos de Livorno emigraron a Florencia o Roma. En 1900, solo quedaban en la ciudad 2500 judíos, lo que supuso una reducción a la mitad en cincuenta años. La Segunda Guerra Mundial y las deportaciones nazis estuvieron a punto de dar el golpe de gracia a la comunidad, reducida hoy a 800 miembros.

Terminada en 1962, la nueva sinagoga , un edificio de hormigón de formas futuristas obra del arquitecto romano Angelo Di Castro, se alza en la piazza Benamozegh (la antigua piazza del Tempio), donde se encontraba el templo destruido por los bombardeos de 1944. El magnífico arón, de principios del siglo XVIII, de madera dorada y finamente tallado, procede de la antigua sinagoga de Pesaro, en Las Marcas.
En la cercana via Micali se encuentra el oratorio Marini , que, durante toda la posguerra y hasta la construcción de la Nueva Sinagoga, se utilizó para los oficios religiosos. Al fondo de la sala, casi cuadrada, de la yeshiva, se puede ver un extraordinario arón de madera dorada, con decoraciones florales de muy fina factura. Se cree que data del siglo XV y que llegó a Livorno con los judíos expulsados de España. Algunos expertos estiman, sin embargo, que esta obra maestra es de una factura posterior. En este mismo edificio se encuentra también el Museo Judío, que reúne, en dos vitrinas, algunos hermosos objetos litúrgicos.