Viajar en tren a Treblinka nos recuerda el horror del último viaje de los habitantes del gueto de Varsovia, desde el Umschlagplatz hasta las cámaras de gas. Desde Malkinia, para llegar a Treblinka, la línea férrea forma una curva cerrada: el tren tenía que detenerse y dar la vuelta en la otra dirección, con la locomotora empujando los vagones hacia el campo, tal y como explica, en Shoah, el ferroviario Henryk Galkowski, maquinista de la locomotora, que realizó el trayecto tres veces por semana durante un año y medio.

La vía férrea atraviesa el Boug y, a continuación, un bosque bastante denso de pinos y coníferas. En la estación de Treblinka, un tren de mercancías, fuera de servicio, se encuentra en el andén, oxidado, como si se hubiera quedado allí desde el último convoy. Desde la estación se llega al emplazamiento del campo por un camino que se adentra en el bosque y desemboca en una rampa de hormigón que imita las traviesas de ferrocarril. Del campo no queda nada, ya que los alemanes lo destruyeron todo para no dejar rastro; solo hay paneles explicativos en varios idiomas.
Por fin llegamos a un gran espacio circular cubierto de lápidas, cada una de las cuales simboliza un shtetl, una pequeña ciudad de Polonia con todos sus judíos sepultados allí. En ellas se leen cientos de nombres de localidades de la región de Varsovia, de Bialystok, de Vilna, de Minsk Mazowiecki, etc. Otra lápida está dedicada a «Janusz Korczak y sus niños». En el centro se alza un edificio de piedra con la huella de un candelabro de siete brazos. El lugar es tranquilo y propicio para el recogimiento.