Al norte de Valaquia y al oeste de Moldavia, en el centro del arco de los Cárpatos, se extiende Transilvania, la tierra «más allá de las montañas», también conocida como Erdély en húngaro y Siebenburgen («las Siete Ciudades») en alemán.

En los siglos XII y XIII llegaron colonos anglosajones y suabos procedentes del Sacro Imperio Romano Germánico. Se establecieron, a petición de los reyes húngaros, para servir de baluarte contra la amenaza turca y tártara, al amparo de la vertiente septentrional de los Cárpatos.
Sometida al reino magiar, ora principado independiente, ora ocupada por los turcos, Transilvania se incorporó al Imperio austriaco en 1691.

Tras pasar a formar parte de Hungría a partir de 1867, dentro de la monarquía bicéfala de los Habsburgo, la población rumana que vivía allí, ampliamente mayoritaria, solicitó y obtuvo tras la Gran Guerra su adhesión a Rumanía, ratificada por el Tratado de Trianon. En 1940, a raíz de las presiones de la Alemania nazi y la Italia fascista, Bucarest tuvo que ceder la parte noroeste de Transilvania a Hungría. Volvió a ser rumana tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Si bien se admite que un pequeño número de judíos llegó con las legiones romanas, las primeras llegadas significativas, de origen sefardí, tuvieron lugar después del siglo XVI, a través de las rutas comerciales, ya fuera desde los principados del Danubio o desde los Balcanes, que ya se encontraban bajo dominio otomano.
No fue hasta más tarde, tras la anexión por parte de Viena, cuando comenzó la inmigración ashkenazí procedente de Polonia.

La historia de los judíos de Transilvania se define por el riguroso apego a la tradición de quienes vivían en el norte antes de su exterminio (de lengua yiddish, entre Sighet y Baia Mare, cunas del jasidismo y de una ortodoxia ashkenazí a menudo enfrentadas) y los judíos de lengua húngara o germanoparlantes, de tendencia más bien reformista en el oeste y el sur, Oradea y Arad, Timisoara y Cluj, Sibiu y Brasov.
Bajo el reinado de los últimos Habsburgo, los judíos de Transilvania, al gozar de los mismos derechos que el resto de ciudadanos del Imperio, no sufrían discriminación ni marginación. No fue hasta que Transilvania se unió a Rumanía cuando tuvieron que luchar, con éxito, por el reconocimiento de sus derechos civiles y de sus derechos como minoría.
A partir de la segunda mitad de la década de 1930, este éxito se vio cuestionado. Desde septiembre de 1940 hasta marzo de 1944, las comunidades judías del noroeste de Transilvania quedaron bajo la autoridad del jefe de Estado húngaro Horthy. Sufrieron entonces una legislación antisemita tan inhumana como la que padecieron los judíos que permanecieron en la Rumanía del general Antonescu, quienes, por su parte, salvaron milagrosamente la vida.
En la primavera de 1944, prácticamente toda la población judía de la Transilvania ocupada fue deportada a Auschwitz y asesinada en las cámaras de gas. Los supervivientes fueron muy pocos.