Con Livorno, el gran puerto franco que fue, entre los siglos XVII y XIX, la ciudad judía más importante de Italia, con una poderosa comunidad hispano-portuguesa, y cuya sinagoga se consideraba la más suntuosa de Europa junto con la de Ámsterdam.

Y con Florencia, cuyo Gran Templo, ricamente decorado y terminado en 1882, está considerado como uno de los más fastuosos de los que construyeron los judíos italianos tras su emancipación, la Toscana sigue siendo una parada imprescindible, aunque los testimonios sean menos numerosos que en el Véneto o en el Piamonte.
Ya en la Edad Media vivían pequeñas comunidades judías en la región. Los primeros documentos que atestiguan una presencia estable de prestamistas judíos en Florencia datan de principios del siglo XV, gracias a los Médici. Estos mantuvieron durante casi un siglo una actitud favorable hacia el judaísmo. De hecho, Cosme I no dudó en acoger, ya en 1555, a los judíos que huían de los Estados Pontificios. Sin embargo, unos años más tarde cedió a las presiones del papa y obligó a todos los judíos del Gran Ducado a confinarse en dos guetos, en Florencia y en Siena.

Pero en 1593, su sucesor, Fernando I, retomó una política pragmática y relativamente tolerante, animando a los judíos —especialmente a aquellos que habían huido un siglo antes de la Península Ibérica— a establecerse en Livorno con el fin de desarrollar el comercio del Gran Ducado con el Levante. Otro centro del judaísmo toscano fue la pequeña ciudad de Pitigliano, cerca de la antigua frontera con los Estados Pontificios: allí se instalaron refugiados judíos en el siglo XVI, a la espera de tiempos mejores para regresar a Roma. Sus descendientes permanecieron allí hasta mediados del siglo XIX y la emancipación.