Aunque los recursos petrolíferos de su subsuelo se encuentran hoy en día prácticamente agotados, Valaquia sigue siendo el centro económico del país.

Esta región fue primero vasalla de Hungría hasta 1330, antes de caer bajo la influencia otomana. Los judíos expulsados de Hungría a mediados del siglo XV se habían establecido en las laderas valacas de los Cárpatos, seguidos, después de 1492, por los que los Reyes Católicos expulsaron de España. Acogidos con benevolencia en las regiones bajo el poder del sultán (las costas mediterráneas y los Balcanes) y en las tierras de los príncipes de Valaquia, que pretendían así favorecer el comercio, los judíos fueron, no obstante, durante la segunda mitad del siglo XV, víctimas de la crueldad de Vlad el Empalador, más conocido como Drácula. Aunque su importancia económica creció durante los siglos XVII y XVIII, la legislación, que seguía siendo medieval, preconizaba una separación clara de los cristianos. Ciertamente, bajo el reinado de los príncipes fanariotas (de religión cristiana, reclutados por el sultán en el barrio griego de Estambul para gobernar los países danubianos), su seguridad está garantizada, pero ya el antijudaísmo popular, de inspiración cristiana ortodoxa, conduce a acusaciones de asesinatos rituales, a escritos injuriosos y a pogromos.
Con el control de Moscú sobre los principados rumanos, tras el Tratado de Adrianópolis de 1829, la situación jurídica de los judíos —calcada de la vigente en el Imperio del zar— se deteriora, al tiempo que llega un importante flujo migratorio judío procedente de Moldavia Oriental, también anexionada por Rusia. El estallido revolucionario de 1848, que proclamaba, al igual que en Francia, la igualdad de derechos para todos, no cumplió sus promesas. En el siglo XVIII, Valaquia pasó a ser austriaca y, posteriormente, rusa. En 1859, se unió a Moldavia, formando un nuevo reino que obtuvo su independencia en 1878.
A pesar de la insistencia de Adolphe Crémieux y de las presiones de los Estados democráticos occidentales, y a pesar de la participación judía en la guerra que condujo a la independencia de Rumanía (1877) y en la Gran Guerra junto a los Aliados (1916-1918), la igualdad civil y el respeto de los derechos de los judíos como minoría no les fueron concedidos hasta mucho más tarde, mediante la Constitución de 1923. En aquella época, importantes poblaciones judías de habla húngara de Transilvania, de habla alemana de Bucovina, de habla yiddish o de habla rusa de Besarabia, se unieron en el seno de la Gran Rumanía del Tratado de Versalles. Quince años más tarde, estos logros se vieron cuestionados por la legislación antisemita del Gobierno de Goza-Cuza. La desmembración del país, a partir del verano de 1940, su entrada en guerra contra la URSS junto a la Alemania hitleriana y, tras la derrota, la instauración de un régimen comunista de línea dura, supusieron la sentencia de muerte del judaísmo rumano.